© Gaelia 2019
miércoles, 27 de marzo de 2019
QUIERO REIR
Oí el otro día una conversación en el
autobús que me llamó la atención. Dos amigas hablaban sobre lo mal visto
que está últimamente ser feliz. Las redes han traído consigo una
realidad que en ocasiones no se
parece nada a la vida real. Nos hacemos fotos disfrutando de los buenos
momentos que la vida nos ofrece y las subimos a las redes para que
nuestros amigos, conocidos y personal que hemos conectado vean lo
felices que somos y lo bien que nos va. Algunos miden
su felicidad por el número de “me gusta” que consiguen sus propuestas
en Instagram, Facebook o cualquier otra, y si tienen pocos, acaban medio
deprimidos frente a un vaso de wisky. Supongo que lo ideal es mantener
un nivel de felicidad equilibrado, para poder
irradiar un estado de ánimo que consiga con mayor facilidad aquello que
te propones, desde comprar un kilo de manzanas hasta los mayores retos
profesionales. Dar a entender que las cosas te van bien, en general,
pero sin pasarse. No digo que no haya problemas
realmente graves como para no tener ganas de irradiar absolutamente
nada y contra esto no hay reflexión posible. Si conocemos a alguien que
pasa por un mal momento o su vida está llena de sinsabores, lo mejor es
ofrecerle nuestra ayuda, en la medida de nuestras
posibilidades. Si nos encontramos en un momento como el descrito, tener
a alguien al lado sobre quien poder desahogarte, es una bendición y una
terapia. Ahora bien, si nuestro estado de ánimo nos pide risa, alegría y
generosidad, no hay que dudarlo, por más
que le moleste a quienes tienen alguna úlcera que les machaca la vida.
Hay gente a la que le molesta extraordinariamente que el personal esté
alegre, se ría y viva la vida con cierto optimismo. Seguro que todos
hemos tenido alguna experiencia en donde hemos
recibido algún reproche porque nuestro estado de ánimo ha molestado a
alguien, y tú te preguntas ¿a este/a qué le pasa?. He observado que esa
envidia tan nuestra está más presente en aquellos que no ríen, no
disfrutan de los pequeños momentos del día y lo
ven todo negro. Quizás ése sea uno de nuestros males atávicos, no reír
lo suficiente para poder ver nuestra realidad sin tanto drama.
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