Me cuenta Gaelia que el mundo corre sin un final
aparente. Visitar un lugar en el que había estado hacía tiempo, es la prueba de que su planeta se va
apagando y a la vez transformando. Me dice que es como cuando pruebas el
mejor plato que hacía tu madre, en un lugar raro. “La receta es la misma,
pero extrañas lo que solamente se siente”.
El mundo avanza y no sabemos si seremos capaces aguantar durante mucho tiempo
el ritmo que nos marca. Gaelia me cuenta que tiene una vida secreta, cuando
cierra su puerta. Aunque yo no lo entienda.
La mesita de noche es parte de nuestra vida secreta.
¿Quién no guarda lo más preciado en su dormitorio? El libro de cabecera, la
cartera, quizás las llaves, ropa interior, pequeñas joyas, algún reloj, el
móvil, tal vez una nota furtiva de alguien a quien conoces, en un sobre sin
remite, y quizás, lo que regalamos a lo que no recordamos. Dicen que el dormitorio es la esencia más íntima y donde
encontramos calma ante la desesperanza. También dicen que cuando se pierde la
esperanza, se gana la libertad. Quién sabe.
Ahora que ha llegado el fresco, Gaelia se despierta de
madrugada para ver cómo amanece. Acostada y tapada, el día aparece en su
ventana, sin apenas darse cuenta. Es ése el mejor momento porque a esa hora el orbe se despereza y es capaz de correr
agarrada de su mano. El tiempo se para para que pueda pensar en qué jersey
se pondrá para que combine con un pantalón verde oscuro, qué zapatos le irán mejor,
a qué hora saldrá de casa para llegar al trabajo sin retraso, de qué hablará
con sus compañeros, qué avería de tren le tocará sufrir y si volverá sin ningún
rasguño. Gaelia dice que el mundo se le
escapa cuando cierra su puerta; que tiene que inventar el universo que quiere
vivir para seguir en la batalla. Aunque yo no lo entienda.
©
Juan Zamora Bermudo
Imagen:
Pixinio
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