Me ha contado un amigo muy conocido por el gran público, que a lo
largo de nuestra vida profesional todos pasamos a formar parte de equipos de
trabajo distintos: equilibrados, de alto rendimiento, altamente cualificados, desestructurados,
de bajo rendimiento, destructivos. Siempre que mi amigo entra a formar parte de un
equipo de gente dispuesta a dejarse parte de su vida en una obra, se acerca a
quienes más le pueden aportar, no tan solo en el aspecto profesional, sino
también en el personal y aprender de quienes tienen cosas interesantes que
compartir. Espera que esa persona que más le puede aportar sea su superior jerárquico, su director de obra o incluso su productor. Siempre espera mi amigo que su Jefe/a le transmita algo, le añada un
suplemento de templanza, de astucia, habilidad para alcanzar el objetivo
propuesto, capacidad de comunicar, capacidad de establecer estrategias y visión
de futuro en todos los plazos posibles. En ocasiones llegar a un lugar donde el
líder se caracteriza por contar con un sinfín de cualidades, hacen que tu
desarrollo personal y profesional se eleve exponencialmente. En ocasiones
ha llegado a un equipo del tipo “páramo”, donde solamente crece la mala hierba y donde
el equipo es el fiel reflejo de la personalidad del Jefe/a. Los problemas
personales de esa persona, sus carencias, su falta de empatía hacia los componentes de su
equipo, se traslada al ambiente que reina en el equipo y lo hace insufrible.
Hoy día los modernos lo llaman ambiente tóxico, aunque a mi amigo le gusta
llamarlo ambiente coñazo, cabrón u otras lindezas que todos aprendimos en las calles
de nuestros pueblos o barrios. Si alguien como ese Jefe/a entra en tu vida profesional, mi amigo recomienda hacer todo lo posible para que sea ascendido y que otros se traguen el sapo, a poder ser que se lo trague quien lo ha promovido o quien lo sustenta y quien lo patrocina. Mientras
eso no llega, mucho temple, inteligencia y llegado el momento, algún dardo
envenenado para que se le aplaque la amargura.
Gaelia 2016
