Ayer se celebró el conocido Toro
de la Vega de Tordesillas. Centenares de caballistas y personas a pie conducen
a un toro bravo sin despuntar, hasta la vega de Tordesillas donde se intenta
dar muerte al toro mediante el alcance de una o varias lanzas. Si el toro
consigue salir del límite fijado, se le perdonará la vida en el torneo. Esto
último ha ocurrido en dos ocasiones en los últimos veinte años, aunque en ambas
ocasiones, los toros fueron rematados en el mismo lugar, sin que nadie se
hiciera con el triunfo en el torneo. En España esta antigua tradición
que data de 1534 ha pasado por avatares de distinta índole. La dictadura de
Franco, abolió durante cuatro años, una parte del torneo, ante la brutalidad que
debía sufrir el animal por parte de los participantes. En esos años de reforma, la muerte del toro no se
producía en el transcurso del torneo.
En los últimos tiempos el torneo
viene sufriendo las protestas de buena parte de la población de Tordesillas y
de fuera de ella. Los medios de comunicación se han encargado de hacernos llegar imágenes donde
se aprecia la brutalidad que sufre un animal indefenso, ante la muchedumbre que
lo persigue, lo acosa y finalmente, le da muerte. La bellísima estampa de un
toro de lidia, se ve apagada ante la humillación que sufre por parte de gentes
que desprecian cualquier atisbo de sensibilidad ante el sufrimiento gratuito,
para el divertimento general. Siento tener que decir esto, y aunque soy amante
de la fiesta taurina, desde mi punto de vista el torneo de la vega de
Tordesillas no superaría el examen de las conciencias de los verdaderos
aficionados taurinos. El aficionado taurino lo es, porque el toreo y sus formas
de expresión, son fuentes artísticas y conectan con las emociones; transmiten valores que nos hacen estar más cerca de la madre tierra y que nos
hablan del valor supremo de la vida y la muerte. Todo debe estar reglamentado,
todo debe llevar a establecer lo sublime de lo divino y lo humano. El toro
como ser superior y como ser respetado, con su estampa y su nobleza. Me
emocionan los encierros de San Fermín por el tributo que los verdaderos
corredores prestan a los animales que participan. Porque los pastores que van
tras la manada, se encargan de repartir leña a quienes no guardan un mínimo de consideración
a tan preciados y hermosos animales. Por el clima casi místico que se vive
cuando la manada recorre las calles de Pamplona. Porque en ocasiones los
animales son seres cargados de magnanimidad y deciden no herir cuando tienen ocasión de hacerlo. El toro es un sentimiento contra el que no se puede argumentar,
pero el toro no debe convertirse en excusa de ocasión para el divertimento
salvaje. Quienes queremos seguir viendo el toro de lidia en las dehesas,
queremos que sea respetada su vida y su muerte. Porque el toro de lidia es un
ser supremo y porque merece ser tratado como tal. Como dijo Joaquín Sabina, no
sé cuánto tiempo durará la fiesta, ni cómo evolucionará, mientras tanto, dejen
que me emocione con su espiritualidad y su estética.
El torneo de la vega de Tordesillas
debería ser reformado, el toro respetado, transformándose en un acto hermoso y despojado de cualquier rastro de brutalidad.
Gaelia 2015



