domingo, 27 de diciembre de 2020

DESDE MI CALLE - DE CORONAVIRUS Y OTROS ALLEGADOS.

La dieta del ayuno intermitente está de moda en este año que acaba. Gaelia la empezó a finales del verano para depurar su cuerpo y me ha dicho que los resultados empiezan a inquietarle. Se siente más fuerte, con más energía pero que tiene pavor a enfrentarse a tantas horas en blanco, sin nada que comer. Es el precio que hay que pagar para mejorar los niveles de colesterol, de glucosa en sangre y equilibrar la tensión arterial.

La Navidad se nos presenta como el  ayuno de Gaelia, con dilemas sobre si podremos estar con nuestros familiares más cercanos, con nuestros parientes y allegados. Y es que ahora nos preocupa saber qué es un allegado, más que todo lo que nos ha acarreado la enfermedad. Los miles de muertos y muertas que nos está dejando es lo de menos; lo preocupante ahora es saber qué es un allegado. Sobre la palabra han corrido ríos de tinta y cientos de horas de radio, cuando cualquier persona cabal sabe lo que es amiga, novio, allegado, compadre, pariente, simplemente conocido y demás sinónimos que puede tener una relación personal que no está ligada a la consanguinidad. Si uno invita a alguien en la cena de Nochebuena es porque o es familiar o es un allegado en todas las acepciones posible. Si alguien se desplaza a casa de su amigo a celebrarla, lo hace porque su relación y afinidad es grande. Lo demás creo que es hacer hervir la olla para llenar horas de televisión, de radio y hojas de prensa pues no tienen otra cosa de la que hablar. ¿No os pasa que a veces veis una noticia estirada como un elástico, sin motivo aparente?.

Para 2021 mis deseos van a ser más bien modestos. Hay muchos gurús que dicen que la pandemia ha sido un aviso más de la naturaleza ante la acción devastadora del hombre en el planeta. Esto me ha hecho recordar aquél viejo cuento de W.W. Jacobs que leí cuando era más joven, que hablaba del poder mágico de una pata de mono disecada, a la que le podías pedir un deseo pero que si te era concedido lo era a costa de alguna desgracia. La familia que pidió el deseo de poseer doscientas libras, las obtuvo pero fue como indemnización por la muerte de su hijo. Terrible moraleja, como terrible está siendo principio de siglo. Prometo no pedir gran cosa cuando tome las uvas, no sea que tenga que pagar un precio excesivo por mi codicia; aunque quién sabe si habré empezado la dieta del ayuno y ni siquiera pruebe las uvas.

Cuídense amigos. Cuidaos los míos, no quiero que el virus se nos cuele en casa como un allegado más.

Salud y letras para 2021.

© Juan Zamora Bermudo

Twitter: @ursozamora

 

En el reino de Midas

Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce, me vienen recuerdos de cuando apenas había pequeños surcos. Te veo acostada, y a veces recuerdo  tu cuerpo esbelto, tu piel de seda y tu pelo azabache. Y es que cuando perdemos juventud, ganamos vivencias. Cuando nos falla la memoria, es hora de escapar y vivir el presente. Cuando tu cuerpo no puede, tu experiencia sustituye los resortes instantáneos de antaño. Antes nuestros cuerpos eran motores de explosión y ahora son de hidrógeno y de terciopelo. Porque cuando mi cuerpo no puede, siempre estás tú que sabe cómo deshacer las arrugas de plomo y convertirlas en oro.



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miércoles, 11 de noviembre de 2020

DESDE MI CALLE – LA VIDA EN BOLSAS

Hacía semanas que no tenía noticias de Gaelia. La había buscado por los locales y lugares donde solíamos vernos. En los bares de su barrio nadie sabía de ella y no eran capaces de darme información.

Llegué por la mañana temprano al mercado de La Boquería para comprar pescado. Di una vuelta para ver el género y ví a Gaelia en el bar del mercado, sentada en un taburete tomando un café con leche. Se alegró de verme, aunque noté en ella un aire de tristeza. Enseguida pensé que la pandemia se había cebado con ella o con alguien de su familia.

No, Juan. La pandemia está respetando a los míos, pero me he visto en una de las peores experiencias de mi vida. He tenido que vaciar el piso donde vivieron mis padres durante cincuenta años de su vida. Ya sabes que mi madre nos dejó hace tres años y ha sido ahora que he reunido fuerzas para sacar sus muebles, su ajuar y todos los recuerdos que allí había. He revivido cada blusa, cada fotografía, cada jarra de cristal, cada documento que representaba una compra, cada carta de la familia que guardaban perfectamente clasificada en carpetas, cada recibo, cada libro, la luz del piso y el olor a familia. Después de pasarme tres días enteros encerrada en donde pasé mi infancia, la vida de mis padres me ha cabido en dos bolsas de basura llena de cosas de las que no he podido desligarme. Tiré a la basura aquello que no representaba más que un paso burocrático por este mundo y conservé lo que para mí representaba lo que quería conservar de ellos. Ahora las bolsas las tengo guardadas en un trastero y no sé cuándo podré abrirlas para recordar lo que quise conservar. No soy capaz de volver a enfrentarme a la experiencia de ver lo que he decidido guardar. Quizás cuando acabe la pandemia y todo vuelva a estar seguro, vuelva a dar vida a la muerte.

Entiendo que Gaelia no haya querido llamarme y haya huido del mundo por unas semanas. No sé qué haré yo cuando me llegue el momento de decidir lo que vale y lo que no vale de unas vidas que ya no están o que están a punto de dejarnos. Mi padre me contó que cuando falleció su madre, su hermano hizo una pira en el corral de la casa del pueblo y prendió fuego a lo que ya no debería permanecer en este mundo. El fuego purificador es el que devuelve la esencia de la persona al mundo. Quizás algún día le cuente a Gaelia lo que se hacía antiguamente con los ajuares de los difuntos. Nadie nos ha dado una receta con un tratamiento que te alivie en esos momentos tan especiales, aunque estaría bien que alguien lo pusiera en algún manual de psicología, para evitar que nuestras vidas quepan en bolsas.

¡Salud y letras!


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domingo, 27 de septiembre de 2020

DESDE MI CALLE - SALTAR CON RED DIGITAL

 Llevo seis meses trabajando desde casa. Jamás pensé que sería capaz de aguantar tanto tiempo sin ir a la oficina; sin reuniones presenciales, sin cafés de máquina, sin menú del día, sin lunes de fútbol, sin verle la cara pica viruelas a Martínez, sin escuchar la matraca de cualquier divorciado al salir del trabajo. He tenido que acomodar un rincón de mi casa para instalar la oficina y ampliar el equipo de trabajo y las conexiones. La empresa donde trabajo llevaba dos años con el proyecto del teletrabajo y ya teníamos alguna experiencia en estar conectados a distancia, aunque la pandemia ha sido un empujón tecnológico y de adaptación para mantenernos al cien por cien, como si no pasara nada. Mi vida ha cambiado mucho para bien y para mal, aunque observo que tiene más beneficios que inconvenientes. Madrugo menos ya que no tengo que ir al centro de Barcelona, puedo comer a diario con mi familia, vivo intensamente lo que se cuece de puertas para adentro de casa, mi actividad física ha mejorado puesto que tengo más tiempo para nadar, levantar pesas o asistir a alguna clase dirigida. Lo que he perdido en estos seis meses también es mucho. La falta de contacto personal ha dejado la posibilidad de aprender de mis compañeros/as en pañales. Es muy complicado que alguien te enseñe cualquier operación nueva para ti, porque priva lo inmediato. La motivación a veces se busca y no se encuentra ante la sensación de aislamiento. La comunicación desde lo más alto de la empresa es muy necesaria para mantener la tensión y en eso me siento privilegiado porque desde las más altas esferas tenemos el “telediario” quincenal y nos informan de la marcha de del negocio, del incremento o pérdida de clientes, de las ventas, de la marcha de los nuevos proyectos y en ocasiones nos regalan alguna conferencia de algún popular epidemiólogo, de alguna persona experta en charlas de motivación y este tipo de cosas nos ayuda a seguir en la brecha y superar los pequeños baches anímicos. Aparte, no tener hijos en edad escolar, como es mi caso, es una bendición divina porque hay compañeros/as que dicen que están pasando un auténtico suplicio con los peques en casa.

Si puedo sacar una primera conclusión de este periodo profesional, es que es preciso organizar una rutina diaria, donde estar bien alimentado y la actividad física sea básico para seguir equilibrado en todos los aspectos de la vida. La radio, la lectura, las series y películas y tener la vida social mínima que permita el virus, es la otra parte que hay que cuidar. No sé si este método puede ser útil a todo el mundo, pero confieso que a mí me está sirviendo para no desfallecer.

P.D.: Gaelia me ha contado que ha dedicado algunos días a vaciar armarios y quemar aquello que ya no forma parte de su vida y que tenía olvidado. Seguro que más de uno ha hecho lo mismo.

¡Salud y Letras!

 

Juan Zamora Bermudo

 

Escuela de escritores

Al final del pasillo he visto apilados todos los cuentos que imprimí de “La Ventana de Millás”, aquel concurso de la radio de principio de los dos mil. Con el confinamiento Pedro ha limpiado los armarios de trastos y documentos de una época anterior. Ya no recordaba que había guardado las hojas de aquellos cuentos. Ahora que las reviso, veo que con Millás había una increíble y talentosa cantera de aficionados en aquellos años. Autores que admiraba y a los que les perdí la pista sin saber si han podido publicar. Después de leerlos casi todos, he decidido que los voy a sacar del pasillo y los volveré a guardar. Nunca se sabe.

© Gaelia 2020

Imagen: Freepik.


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jueves, 28 de mayo de 2020

DESCONEXIONES ACCIDENTALES

Hoy no me ha llegado ningún correo, tal vez porque la conexión ha dejado de funcionar. Reviso el router y veo que todo está en orden. También lo están los puertos, los HDMI, los auriculares. Tal vez debería abrir la caja del ordenador por si se ha introducido algún cuerpo extraño, pero no me atrevo. El equipo es un bien valioso y no quiero hacer un mal uso de él. Sigo conectado con los quehaceres habituales y me pregunto qué hay más allá de la pantalla para que cada día mi rutina me lleve al mismo lugar. Es un acto que no requiere esfuerzo, que incluso me resulta un disfrute personal y me da fuerzas para enfrentarme a todo lo demás. Siempre he pensado que cuando estás en un barco que no es un cascarón de nuez, que no hace aguas y que además te enseña a navegar, estar en cubierta es un privilegio, aunque en ocasiones las olas te arrebaten el equilibrio y te vengan las dudas.

Hago una llamada por la red para comprobar si hay alguien más allá y todo va bien.

Hola Juan, ¿Cómo estás?

Ufff, empezaba a pensar que no tenía conexión. No me llega ningún e-mail desde hace horas y creía que alguien me había desenchufado. Por un momento me he sentido una provincia de ultramar. Pero veo que todo está en orden. Gracias por responder. Hasta luego.

Y es que hay desconexiones que sirven para volver a enlazarte con más fuerza porque sigue habiendo generador de energía. Y si el generador falla, siempre encuentras otro con nueva onda pero igual potencia.

 

© J. Z. B.

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SUEÑOS DE UNA NOCHE DE SAN JUAN

Me he levantado leyendo la columna de D. Manuel Vicent que publica hoy EL PAIS . ( https://elpais.com/opinion/2025-06-22/noche-de-san-juan-...