domingo, 30 de enero de 2022

DESDE MI CALLE – DESORDEN

Hace días decidí ordenar mi biblioteca.  No es que sea una gran biblioteca, son estanterías ancladas a una pared, que forman un entramado de cuadrados, como si fueran una tabla de Excel a tamaño real. Me propuse dar a ese revuelto de libros y documentos algún sentido formal, algo que me ayudara a entender qué hacen ahí. Como pasa con las fotos de nuestras vidas, al ver las tapas, los autores, las hojas descoloridas o amarillentas, se iba  el tiempo deseando recordar cuándo, dónde o con quién llegó el libro a mis manos. El tiempo que dedicaba a cada obra y a pensar dónde debía ir, era más del me había propuesto. Cada uno es un pedazo de vida atrapado por un tiempo que ya no volverá; un tiempo que habita en el recóndito sótano de los recuerdos olvidados. Intenté agruparlos por autor y temática y fui apilándolos en las estanterías, empezando por la izquierda y dejando las centrales para aquellas obras que más me han marcado. Fui colocando libros e iban apareciendo otros que deberían formar parte del grupo y que, a su vez, sacaban alguno de ellos y los expulsaba a otro. Reí pensando que quien inventó el juego del Tetris lo hizo al intentar ordenar la biblioteca familiar. Mientras avanzaba, cambié el criterio de clasificación en varias ocasiones porque parecía que tenían vida y ellos eran quienes decidían los compañeros que debían ir a cada lado de sus tapas. Todos tenemos nuestras ilusiones juveniles y en mi caso, una de ellas era tener una biblioteca con una colección de obras compradas sin mucho orden ni criterio. Hecha a fuerza de satisfacer la curiosidad por el mundo en el que vivo porque como le oí decir a Luis Eduardo Aute, la curiosidad es la hija indómita de la ignorancia. Qué grande es la ignorancia que te anima a curiosear y a querer conocer.

Han aparecido viejos tomos que tenía olvidados o que había dado por perdidos, viejas fotografías escondidas entre páginas, billetes de dólar, diez pesos de la Cuba del periodo especial, diplomas de medio pelo y cosas así.  He encontrado una obra que pensé perdida:  El Siglo de las luces, de Alejo Carpentier. El escritor cubano que me dio a conocer el realismo mágico que inundó la literatura hispanoamericana allá por los 70. También el poemario de Poeta en Nueva York de Federico, que compré cuando estaba en el servicio militar. ¿Cómo pude haber perdido a Juan Marsé, Rafael Alberti, Ruíz Zafón, Cobos Wilkins o Juancho Armas Marcelo?. Ya los he recatado del limbo de una biblioteca caótica, con el firme propósito de no perderlos de vista nunca más.

Todo tenía que acabar en una tarde y así llevo dos semanas, intercambiando libros de lugar a medida que voy avanzando. No sé cuál es el final de  esta aventura en la que me embarqué sin saber dónde me metía. El capricho del destino querrá que dentro de unos meses, los libros estén revueltos y no pueda encontrar lo que busco. Como todo en mi vida, volverá a ser puro desorden.

 

© Juan Zamora Bermudo

Foto: wiki commons images





domingo, 19 de septiembre de 2021

DESDE MI CALLE – REPÁPALOS Y LIBROS

Siempre me hizo gracia la palabra repápalos cuando la pronunciaba mi abuela Carmen. Sonaba entre exclamación e insulto. Era la palabra apropiada para algún mote popular. Confieso que no me gustan mucho las palabras que contienen una erre suave porque entrañan una dificultad añadida a la hora de pronunciarla para muchas personas. El otro día vi en Tierra de Sabores de Canal Sur, un programa dedicado a Osuna y su gastronomía local. Me hizo ilusión ver cómo ejecutaba una vecina de la ciudad, la receta local de repapalillas. Aquella vieja receta que mi abuela y mi madre nos hacían frecuentemente y que yo odiaba por su pronunciación y porque no la asociaba a nada que me llevara a algún lugar de mi recuerdo. No tenía edad para que me gustaran las repapalillas. Las encontraba como las novelas de a duro que vendían en los quioscos. Sin embargo ahora que forman parte de mi pasado, encuentro que son un manjar con el que viajar a los años de Lole y Manuel, de Juanito Valderrama, de Fosforito e incluso de Camarón. También he descubierto a algunos de los autores de las antiguas novelitas, en los libros bajo su nombre verdadero. Detrás de aquellos seudónimos de inspiración americana, se escondían plumas de mucho nivel como la de Francisco González Ledesma, conocido como Silver Kane. Cuando lean esta columna habrá pasado el mítico veintitrés de Abril. El día del libro o día de Sant Jordi en Barcelona, es uno de los días más hermosos de año. Acopio libros para unas cuantas semanas. Libros y rosas que fluyen por las calles y las plazas en plena efervescencia primaveral. Este año debemos evitar la bulla de nuevo, como el pasado. Gaelia está avisando en su grupo de Whatssap que ha organizado una fiesta literaria para el día 23 a partir de las cinco de la tarde. Habrá tertulias entorno a distintos autores y varios de ellos han confirmado su asistencia clandestina. Me dice que formarán todo el escándalo posible, a ver si tienen suerte y salen en las noticias de la noche. Yo esperaré paciente mientras me acabo un plato de repapalillas y me vienen a la memoria los temas del mítico disco de Lole y Manuel, Nuevo Día. Que Uds. lo hayan disfrutado. ¡Salud y Letras!

domingo, 28 de febrero de 2021

Desde mi calle – El medio y el fin

 A veces Gaelia me ha preguntado cuál es el mecanismo por el que algunas personas ven el dinero como un fin y no como un medio. Yo, la verdad, nunca he sabido qué responder porque para mí el dinero no tiene valor en sí mismo, sino que es una herramienta que nos hemos dado los seres humanos para ser correspondidos por nuestro trabajo, por nuestra inteligencia o por nuestras inversiones. El dinero es la mercancía que sirve para conseguir aquello que nos es necesario, o simplemente queremos. Una vivienda segura, calzado, ropa, libros o experiencias a cambio de una cantidad determinada de monedas, ya sea en papel, en metal o electrónicas. Hay personas que padecieron carencias básicas en su infancia y el único objetivo que tienen en su vejez es acumular riqueza por el mero hecho de tenerlas. No tienen ninguna utilidad práctica ni previsible. Llegados a los ochenta años, la madre de Gaelia solamente acumula fondos en sus cuentas bancarias y presume de sus viviendas y fincas. Su vida se ha convertido en un amasijo de reproches y en cúmulo de dinero en una bañera de oro. Vivir en una democracia de baja calidad, como dijo alguien recientemente, quizás tenga que ver con que haya gente que no conozca el verdadero propósito del dinero. Quizás el hecho de tener exiliados como los viejos exiliados republicanos (según el mismo alguien) tenga que ver con que el mecanismo que se activa o no para saber descifrar la realidad que nos rodea, esté averiado.

La realidad que retrató Goya en sus pinturas de la época negra, fue premonitoria para siglos posteriores. Parece que la humanidad no aprende de lo vivido y que las generaciones de hoy siguen cometiendo errores que ya fueron cometidos por sus padres o abuelos. Ahora vemos a chicos incendiando las calles de medio país, vestidos con sudaderas de marca y organizando la quema a través de móviles de última tecnología. Quizás esos que protestan porque les ha tocado vivir en una democracia de baja calidad, no sepan que a casi nadie le han regalado nada. Que la democracia es imperfecta por naturaleza y que en su viaje a Itaca no llegarán jamás a su destino. Eso sí, casi todos han estado en lugares donde los de mi generación jamás supimos que se podía llegar como turista. Nos han demostrado muchos de ellos que son más de entrar a robar ropa de marca que de participar en una huelga obrera. Hoy día, si vivieran Luís García Berlanga o Fernando Fernán Gómez, se frotarían las manos ante tanto disparate nacional. Los guiones los crearían a capazos, solamente viendo el esperpento que hoy nos regala la realidad. La realidad de hoy busca el ascensor que necesitamos todos alguna vez. En mis tiempos llamábamos al pulsador de la planta baja para subir al cuarto. Ahora en vez de pulsar, se quema directamente porque parece que nunca viene al vestíbulo de la vida.

Si algún día llego a viejo y mis amigos observan que me vuelvo un poco avaro, están autorizados a darme un golpe en la cabeza. Esperaré a ver si el mecanismo de la realidad se activa y sigo pensando que el dinero es el medio que nos puede ayudar a vivir mejor.

¡Salud y Letras!

© Juan Zamora Bermudo

¡Salud y Letras!

Volver a casa

Subir de nuevo a la habitación  era lo que quería hacer, cuando una ráfaga de viento le llevó al lugar de donde salió hacía varias décadas. Partió hacia ninguna parte, a donde solamente la necesidad y el hambre llevan a quienes no pueden despojarse de ella. Alcanzó el desarraigo, los días de fábrica y las noches de invierno; conoció la felicidad de sentirse triste. Pintó su vida con paisajes de gris perla, de solares cochambrosos y calles sin asfaltar. Se fue del mundo hacía días y desde aquí arriba vi cómo una ráfaga de viento llevó su esencia hasta el lugar de donde salió hacía varias décadas.

© Gaelia 2016

Publicado en El Pespunte el día de Andalucía de 2021

https://www.elpespunte.es/desde-mi-calle-el-medio-y-el-fin/


viernes, 15 de enero de 2021

DESDE MI CALLE - EMPACHO

Lo primero que me dijo Gaelia cuando la vi en este enero, es que estaba empachada. Me pareció curioso que usara esa palabra un poco caduca y le pregunté de dónde la había sacado. La he oído estos días, me respondió. El periodista Iñaki Gabilondo ha dejado su columna de opinión diaria en la Cadena Ser, porque está empachado. Y es que es así como nos sentimos muchos. Gaelia está harta de que andemos todo el día tirándonos los trastos a la cabeza, mientras no miramos lo que hacemos. Me dice que si le tiran de la lengua, dará positivo en Covid-19. Harta de que el frío haya sacado a relucir otra batalla perdida para los del pueblo o los del barrio. En los bloques de pisos o en las casas bajas, los que andan en bata de guatiné o se arriman a la estufa de butano, lo último que quieren es que los que deben organizar la intendencia de la guerra, anden a garrotazo limpio. Siempre hay quienes se desahogan y culpan de todos sus males a los de arriba, pero para culpar a alguien de nuestra desgracia, primero deberíamos ser consecuentes. Si queremos que la nieve no interrumpa nuestra marcha, a la vez que reclamamos que pase la máquina por la autovía, deberíamos llevar un juego de cadenas en nuestro coche y saber cómo ponerlas. Gaelia creció en un mundo donde se reivindicaban mejoras en los barrios, en los pueblos y donde antes había un descampado, hoy hay un ambulatorio o un parque. En aquellos años, de igual manera que se reclamaba el asfalto para la calle, se estaba dispuesto a echar el alquitrán el sábado después de salir de la fábrica o de la obra. Hay muchos ejemplos de extrarradios y pueblos que han sido construidos por los ciudadanos que los han habitado. Ahora el ayuntamiento nos da una pala para quitar la nieve de la calle y nos indignamos. El  contagio del virus se ha disparado y nos apresuramos a maldecir al gobierno de turno pero no nos acordamos de las fiestas raves, bailes en la Puerta del Sol de Madrid, botellonas y celebraciones particulares que se han prodigado por cualquier rincón de nuestro país. Gaelia se ha empachado y casi se arrepiente de creer en el ser humano tanto como lo había hecho hasta ahora. Yo, para que pueda digerir tanto empacho, le he regalado un libro de Javier Pérez Andújar. Seguro que si lo lee,  al final todo le dará igual.

¡Salud y letras!

 

© Juan Zamora Bermudo

 


SUEÑOS DE UNA NOCHE DE SAN JUAN

Me he levantado leyendo la columna de D. Manuel Vicent que publica hoy EL PAIS . ( https://elpais.com/opinion/2025-06-22/noche-de-san-juan-...