Entré en el vestíbulo del
cajero automático a sacar los trescientos euros que quedaban en mi cuenta. Antes
de entrar en el habitáculo, me aseguré de que nadie me vigilara y que podía
entrar sin temor a ser asaltado. Cerré la puerta y eché el cerrojo tal como te
aconseja la señal que existe en la puerta. Me percaté de que un visor del
circuito cerrado de T.V. enfocaba el lugar y pensé si existiría alguien en
algún lugar que me estuviera viendo en directo mientras me disponía a operar en
el cajero.
Introduje mi tarjeta y pulsé mi número secreto que habilitaba mi
exiguo saldo. Solicité mis últimos euros y esperaba que los billetes salieran
expelidos por la ranura del cajero. En ese preciso momento se produjo un corte
de luz por lo que la operación quedó desactivada. La maquinita me devolvió la
tarjeta y en lugar de billetes expelió un papelito con el cargo de la cantidad que
no había recibido. Inmediatamente utilicé el teléfono que existe junto a la
máquina y me puse en contacto con una voz de ultratumba. Le expliqué lo
sucedido y me dijo que el cajero había quedado fuera de servicio y que no me
preocupara porque el ordenador central había dado la orden de cancelar la operación.
Solamente pude salir de allí con la
inquietud típica de quien no tiene otra cosa en este mundo que la fe en el
prójimo

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