Mi madre me engañó durante años y
yo la creí. Siempre dijo que yo era un mocetón muy alto y muy guapo. La
realidad me arreó un guantazo cuando me incorporé a filas y me destinaron a un
batallón de infantería en Navarra. Aquella unidad estaba llena de chicarrones
del norte, de aspecto fuerte, como curtidos por el frío y la lluvia. Por mi
estatura quedaba siempre ubicado en las últimas filas de la formación y desde
ese momento entendí que mi madre no era objetiva y que veía en mí a alguien
irreal. Entendí que en la vida iba a tener alguna dificultad más que aquellos
que superan el metro ochenta y que siempre estaban delante. En igualdad de
condiciones, las personas altas y bien parecidas, consiguen su propósito en un
número mayor de ocasiones. Nadie parece saber el motivo, pero estoy convencido de
que nuestro cerebro se encarga de poner la atención en estas personas antes que
en otras, como para mejorar permanentemente la especie y eliminar los
individuos más débiles. Seguro que pensáis en numerosos personajes históricos
que han tenido el poder de un Jefe de Estado, Jefes de Gobierno e, incluso,
Emperadores y que no superaban el metro setenta, aunque me atrevo a decir que
esa es la excepción que confirma la regla. Esto viene a propósito después de
leer el artículo del diario El Economista, donde concluye que las personas bien
parecidas tienden a ser mejor tratadas por otros individuos (ver aquí)
y por consiguiente tienen menos dificultades para sobrevivir. Las personas de
estatura reducida, debemos aprender otras habilidades, tener valores y
convicciones que compensen nuestras carencias estéticas. Habilidades, valores y
convicciones que me enseñó mi madre que, aunque me engañara por pasión, me
enseñó a vivir.
© Gaelia 2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario